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Booktour Todas las Canciones de Rock - Beatriz Baró

Buenos dias!

he vuelto! si! una semana sin internet, que alegría, que alboroto... ¡otro perrito piloto! así que lamentándolo mucho, llego tarde a un montón de cosas. Para empezar a este booktour que organizó la Reina Lectora y que yo tendría que haber publicado ayer pero bueno, más vale tarde que nunca aunque mi cabeza termine colgada de una pica para dar ejempo.

Todas las Canciones de Rock - Beatriz Baró
Sinopsis



"He intentado comprender qué ves en esos chicos, Cristina, pero soy incapaz. Son violentos, precoces, maleducados y arrogantes. ¿Se puede saber dónde encuentras su gran atractivo?”

Libres, salvajes y enamorados del rock and roll, los Sustain Souls comparten un objetivo por el que luchar: llegar a ser estrellas de rock. Durante un mediodía de julio encuentran un misterioso lugar donde forjar sus sueños. Sin embargo, lo que comienza como una inocente casualidad termina revelándose como un lugar que parece estarles predestinado y que puede convertirse en su mayor bendición o su peor condena, un lugar capaz de cambiar sus vidas para siempre.

Comienza así la primera parte de una apasionante trilogía de aventuras, fantasía y misterio que te atrapará desde sus primeras páginas.

Más Detalles

Para empezar, os dejo con un booktrailer del libro por si le quereis echar un ojo y ver de que va la historia con algo más de detalle:


Y vamos a continuar con una entrevista que nuestra Reina le hizo a la escritora, así las conoceis a las dos y les poneis cara:


Por si esto no fuera poco, aquí teneis algunos de los personajes principales que salen en el libro, por si aún no os ha picado la curiosidad lo suficiente:



A PROPÓSITO DE CRIS...

"La plaza lucía con la típica alegría de una mañana de verano, el sol brillaba sobre la torre del reloj donde las cigüeñas anidaban desde los primeros días de la primavera y, por primera vez en varias semanas, bajaba de la sierra un templado oreo cuyo consuelo frente al árido calor del llano despertaba sonrisas y animadas conversaciones.
Había improvisados puestos de venta, no solo en la plaza principal, sino también extendidos por la calle Real hasta llegar a la antigua plaza del Pocillo. La mayoría de los vendedores eran gitanos y todos ellos coreaban al viento los precios de sus ventas: frutas, verduras y hortalizas, cerámica talaverana, ropa veraniega, zapatos y sandalias, discos de música y libros de segunda mano, bisutería y complementos, colonias, jabones, manteles, toallas y mandiles.
Un camión cruzó la plaza y subió la calle que rodeaba la iglesia, pregonando por su pequeño altavoz la venta de sandías de Velada, al tiempo que una pequeña furgoneta subía la calle Real y se detenía a un lado de la plaza para vender su pan recién hecho, bollos y pistolas.
Los vistaclareses caminaban entre aquel barullo de gritos y compraventas, se preguntaban por su salud y la de sus allegados, y comentaban el tiempo y el precio de todo lo que abarcaba su vista.
Extasiada por el colorido de aquella mañana de verano, Cristina corría impaciente de un puesto a otro, mientras doña Elisa se detenía a charlar con toda persona que se cruzara en su camino. A Cristina no dejaba de asombrarle el hecho de que su abuela conociera los nombres y la vida de todos los lugareños de Vistaclara.
—¡Abuela! —Se acercó corriendo a la mujer, que en aquel momento conversaba animadamente con el vendedor de verduras—. ¡Abuela, he visto dos camisetas preciosas! ¡Están en ese puesto!
—Mira, Cristina. —Le tendió un tomate—. Huélelo, ¿no es increíble?
—Sí, abuela, sí, huele muy bien. Mira, las camisetas que me gustan están en ese puesto, aunque hay una tercera…
—¡Elisa!
Una mujer de unos sesenta y cinco años sorprendió a ambas a sus espaldas.
—No puedo creerlo. ¡Eres tú!
Doña Elisa la contempló radiante.
—¡Juana! ¡Creía que no vendrías hasta agosto!
Se abrazaron efusivamente y doña Elisa comenzó una nueva y emocionada conversación. Luego doña Juana besó a Cristina en las mejillas y reiteró, con asombro y admiración, la belleza de su rostro y la velocidad a la que había crecido desde la última vez que la viera. La adolescente se dejó agasajar con una sonrisa en los labios, pues su abuela le había hablado muchas veces de doña Juana y de la profunda amistad que las unía desde los catorce años.

Pero la conversación prometía prolongarse largo rato y Cristina no podía controlar su impaciencia, de modo que tras una despedida fugaz, se alejó alegremente por la calle Real en busca de sus adquisiciones. Encontró, admirada, que había siempre algo atractivo o interesante en cada puesto, calculó las posibilidades del presupuesto que llevaba en su bolsito de tela y decidió que, aprovechando la distracción de su abuela, ella misma se responsabilizaría de comprar su nuevo vestuario. De modo que comenzó preguntando por un anillo de rodio con un pequeño cuarzo rosa encima.
Se lo probó, lo admiró largamente, se lo quitó y volvió a probárselo. No era demasiado caro, pero había visto cómo funcionaba aquello del regateo, de modo que decidió probar sus cualidades para los negocios.
—Podrías rebajármelo un poco.
El gitanillo, que seguramente no tenía más años que ella, sonrió y negó con la cabeza. Cristina lo miró escéptica. Aquel vendedor era el primero en negarse a regatear. Se preguntó cuál sería el motivo. Volvió a admirar el anillo y le dirigió una mirada suplicante.
—Oye…, déjamelo más barato. Anda, por favor…
El gitanillo negó rotundamente con la cabeza.
Cristina suspiró frustrada. Aquello del regateo era un arte muy difícil y el anillo era demasiado bonito.
—Bueno, pues vale. Me lo llevo.
El muchacho dibujó una amplia sonrisa que mostró dos graciosos hoyuelos y un diente mellado.
—Ya lo sabía.
Cristina pagó y se llevó el anillo puesto en el dedo anular. Decidió que no volvería a intentar regatear, porque le daba una vergüenza horrible y encima parecía ser que aquellos vendedores no la tomaban en serio. Pero en realidad, si hubiera tenido un mínimo de picardía, habría entendido que era su corazón simple y transparente lo que delataba sin dilaciones su genuina intención de comprar a cualquier precio.
Después de hacerse con el anillo continuó caminando calle abajo y, en poco más de diez minutos, compró unos pendientes plateados de aro, un pintauñas rosa chicle, un espejito para llevar en el bolso, unas botas John Smith de lona negra, una camiseta negra, más bonita incluso que las que había visto previamente en la plaza, una blusa de cuadros rosas que se anudaba a la altura del ombligo, una camiseta de tirantes color verde oscuro con bordados en el escote y, como ya estaba empezando a sentir hambre, compró también una bolsa de aceitunas, pepinillos y cebolletas blancas.
Llegó felizmente a la plaza del Pocillo y descubrió una docena de nuevos puestos por explorar. Sin embargo, su alegría se vio mermada cuando comprobó con notable angustia la rápida e inexplicable reducción de su presupuesto. Se preguntó asombrada cómo había sido posible, teniendo en cuenta que apenas había comenzado con la renovación de su vestuario y que su abuela le había dado una generosa cantidad para gastar. Alguien debe haberme robado o lo he perdido. Se dirigió al centro de la plaza y apoyó las bolsas de sus compras sobre el pozo cubierto. Comenzó entonces una exploración exhaustiva de todos los recovecos de su bolso de tela, en busca de posibles agujeros.
En esas estaba cuando vio aparecer a su abuela por la calle Real. La vio relajar el rostro cuando la distinguió en medio de la plaza y luego volver a tensarlo cuando reparó en las cuatro bolsas colocadas sobre el pozo. Entonces decidió mostrar la mejor de sus sonrisas.
—Abu, ¿quieres una cebolleta?
—¡Dios santo! Solo me he descuidado un momento y… ¿qué es todo esto?
—Mi ropa nueva.
Doña Elisa comenzó a sacar las camisetas de las bolsas. Contempló la camisa de cuadros rosas y miró a su nieta.
—Esta te queda pequeña.
—Que no, abuela, que es así.
—¿Cómo va a ser así?
—Que se lleva así.
—¡Pero esto es de fulana!
—¡Abuela!
—¡No vas a ponerte esto!
—¡Sí me lo voy a poner!
—¿Y esta otra de color verde? —Contempló los bordados en el escote—. Esto no es apropiado para tu edad.
—Abuela, eres una arcaica.
—¿Desde cuándo quieres vestir así?
Cristina suspiró enervada y perdió su mirada en los puestos de la plaza. Fue entonces cuando distinguió entre el gentío a la chica rubia de la pandilla de Saúl y Alexander. Su corazón se alteró instantáneamente ante la posibilidad de encontrar también a Saúl por allí, pero enseguida comprobó decepcionada que solo iba acompañada por otra chica mayor que ella, rubia también. Sus facciones resultaban tan similares que no dudó en comprender que se trataba de su hermana mayor. Estaban ojeando uno de los puestos con visible interés. A continuación, la hermana mayor tomó unos shorts deshilachados de color azul claro y preguntó algo al vendedor. Cristina creyó morir, realmente necesitaba unos pantalones como aquellos. ¿Cómo no los habría visto antes? Dejó a su abuela con la palabra en la boca y, casi en estado de trance, recorrió a zancadas la distancia que la separaba del puesto.
Se situó junto a las chicas y esperó pacientemente. La mayor dejó los pantalones sobre el tenderete.
—Molan, pero ya tenemos una docena como estos.
—Sí… —La pequeña hizo una pompa con el chicle y paseó sus ojos azules buscando alguna nueva prenda que llamase su atención. No pareció descubrir nada interesante, porque tanto ella como su hermana pasaron al reconocimiento del puesto contiguo.
Cristina tomó los pantalones y los mostró con el brazo en alto.
—¿Cuánto cuestan, señor?
Doña Elisa resultó ser más rápida que el propio vendedor. Arrebató los pantalones a su nieta y la miró severamente.
—¿Es que te has propuesto disfrazarte de prostituta?
Las hermanas se volvieron hacia ellas y, con expresiones de auténtico asombro, estallaron en ruidosas carcajadas. Cristina no fue capaz de mirarlas. Sintió la sangre golpeando sus mejillas y un profundo sentimiento de ridículo se apoderó de ella.
—Abuela… ¡Cállate!
Doña Elisa la contempló boquiabierta. Cristina jamás le replicaba de semejantes maneras y mucho menos en público. Levantó la palma de su mano derecha con la intención de lanzarle una bofetada, pero reparó en la presencia de las dos adolescentes y se contuvo. Respiró hondo. Dejó el pantalón sobre la mesa y dijo en un tono que no daba lugar a objeciones:
—Hemos terminado por hoy.
Regresaron a casa en un rotundo silencio."


AQUI teneis la web de la escritora y el libro lo puedes comprar AQUI.TEXTO A OCULT

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Fuente: este post proviene de Tejiendo, Leyendo y Cocinando en K, donde puedes consultar el contenido original.
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