– Comencé a escribir mi primera novela una noche de verano. Había ido a pasar el día al campo de unos familiares y yo no soy un tipo de campo, quizás eso esté a la vista y vi cosas que me impresionaron que prefiero no recordar. Desde ese entonces soy vegetariano. Y me contaron vivencias que escuché con interés porque me interesa incorporar, día a día, nuevos conocimientos y elegí guardar en mi memoria el que me resultó más familiar. Mi tío tenía una jaula enorme llena de pájaros de diferentes tipos y me contó que estas aves, al cantar, expresaban su sufrimiento por estar encerradas. Es tremendamente cruel prohibirles su libertad conociendo esto y, sin embargo, él disfrutaba al oírlos “cantar”. Entonces empecé a cuestionarme sobre el comportamiento de nosotros, los “seres humanos” y, a partir de aquí, nació mi primer libro.
– ¿Le dijiste a tu tío lo que nos acabás de contar?
– No, pensé que no me iba a entender; nuestros mundos eran muy diferentes. Pero esto no cambió para nada lo que siempre sentí por él; yo era su sobrino favorito y me lo demostraba, por eso siempre me invitaba a pasar unos días en su casa. En realidad le molestaba la presencia de otras personas pero conmigo era distinto. Cuando falleció lo sentí mucho.
– Siguiendo tu bibliografía se aprecia un inmediato cambio de rumbo a partir de tu segunda novela.
– Sí, pero estoy convencido de que se trató de la liberación que sentí cuando me decidí a publicar mi primer libro, me liberé emocionalmente, salí de mi jaula interior y comencé a volar; todavía sigo volando y recorriendo tierras desconocidas y lo voy a hacer hasta el día en que muera. Cuando no sienta fuerzas para explorar territorios desconocidos voy a saber que llegué al final pero espero que esto nunca me suceda, quiero irme de este mundo sin darme cuenta.
– ¿Pensás a menudo en la muerte?
– Sí, no es una constante pero la muerte está presente en mi vida, no me es indiferente. La muerte forma parte de nuestras vidas; es tan natural como nacer, respirar, sonreír o llorar, la única diferencia es que le tememos porque a través de ella pasamos a un mundo desconocido y por lo general, le tememos a lo desconocido. En cambio yo aprendí a enfrentar lo desconocido con la frente alta y con mi paso firme y con este sentimiento y esta conducta sé que voy a presentarme frente a la muerte, cuando me llegue.
– Tu último libro fue el más vendido el año pasado y lo mismo pasó con tu libro anterior, vas por la 20a edición de la novela que te “consagró” -por así decirlo- y por lo que sé, tus libros son traducidos hasta en dialectos y en países donde se publica muy poco. ¿A qué se debe?
– Lo mismo me pregunto cada día y como todavía no encontré una respuesta me conformo con agradecer a Dios, o como sea que se llame ese Ser Superior, y sigo escribiendo. ¿Para qué detenerme cuando puedo seguir trabajando y siendo feliz y haciendo felices a los demás?
Z terminó la entrevista a un escritor que había leído a las apuradas, porque nunca antes su obra le había atraído hasta que Cynthia le mencionó la posibilidad de entrevistarlo, reflexionando acerca de la muerte y considerando la posibilidad de no temerle.
– Hoy estás silencioso y se te ve pensativo, dijo Cynthia mientras le acercaba a Z una taza de té.
– ¿Me prometés que no te vas a reír de mí?
– Te doy mi palabra.
– Ese tipo hablaba de la muerte de una manera que comencé a temerle, o a considerarla. Sí, es eso, ahora soy consciente de que un día voy a morir.
– Lo llamaste “ese tipo”; hoy no disfrutaste tu trabajo.
– En absoluto, y me molesta no haberlo hecho. Sabés cuánto amo mi profesión.
– Date la oportunidad de ser un ser humano. No es que no lo seas o que no te comportes como tal, todo lo contrario. Es que no sos consciente de tus debilidades.
– Cuando quieras podemos finalizar nuestra conversación, voy a terminar sintiéndome peor que antes por ser un ser humano horrible.
– Si así fuera yo no estaría aquí, es más, ni siquiera me hubiera acercado a vos; sin embargo, acá estoy, desde hace dos años.
– Es verdad, fuiste vos la que buscó conversar conmigo.
– Ni siquiera me habías visto, dijo Cynthia esquivando la mirada de Z para, luego, quedarse en silencio.
– Te escucho, sé que tenés algo más para decirme.
– Nadie me invitó a la fiesta donde nos conocimos; Laura me cae mal y yo a ella pero fui sabiendo que ibas a estar ahí y después de que me diste tu número de teléfono salí corriendo antes de que Laura me viera. Te había visto una vez por televisión y seguía tu columna diaria y me gustaba escucharte por radio, aunque tu programa fuera tarde y yo tuviera que levantarme temprano. Me resultabas interesante para “invertir en vos”; mis padres invirtieron en mí costeando mis estudios y yo quería empezar mi carrera como productora con el pie derecho.
– ¿Entonces yo soy “tu pie derecho”?, preguntó Z dejando ver su dulce sonrisa.
– Exacto, pero atención, que un pie puede dar un mal paso y echar a perder una excelente caminata. Me sucedió una vez, iba de excursión con la escuela; dijo Cynthia con aire intimidatorio.
– Sí, la época de estudiante a veces es dura, agregó Z mientras la acariciaba con su mirada.