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Pudding de coco y chocolate




Siento haber estado tan desaparecida estas últimas dos semanas. No he podido sacar ni un pequeño hueco para dedicárselo al blog. De verdad, creedme si os digo que hubiera preferido poder escribir un nuevo post que haber pasado por la odisea que sufrí hace ya algo más de una semana.

Tuve que viajar hasta Elche en pleno temporal. En la ida no tuve ningún problema. Algo de niebla a la altura de Segovia fue el único inconveniente. Fue un viaje la mar de tranquilo y agradable.

Lo peor estaba reservado para el día de vuelta, que os adelanto que fue terrible.



Era jueves. Salí de Elche muy prontito, con la intención de -tal y como estaba anunciado en la previsión meteorológica- pasar Albacete antes de que la nieve hiciera acto de presencia. Llovía. La lluvia caía con bastante intensidad. Dentro de lo que cabe, hasta ahí bien. Incómodo, pero bien. A medida que me iba alejando, esa lluvia se empezó a transformar en agua nieve. Igualmente incómodo, pero no había peligro. No sería la primera vez que conduciría bajo una circunstancia así. Así que, continué. ¿Por qué no? Seguía alejándome y empezaron a aparecer carteles luminosos anunciando que la A7 y el acceso a Alcoy estaban cortados por nieve. No hice caso. Yo iba por la A31; la A7 no formaba parte de mi itinerario.

Pero unos kilómetros más lejos, pasados los desvíos a Elda y Sax, comenzó lo peor. Los copos de nieve se empezaron a acumular de forma preocupante en el parabrisas. Dudé de si sería buena idea seguir. Pero, arengada por mi madre, continué. "Estamos en una autovía, hija; si la nieve se acumula, sacan las quitanieves", me dijo. Despreocupada, continué, aunque con cierta cautela. Pero a tan solo unos pocos kilómetros, a lo lejos, se divisaba un vehículo rojo atravesado en mitad de la carretera y, un poco más allá, una larguísima fila de coches y camiones parados con los intermitentes parpadeando; jamás me había encontrado ante una situación así. No era consciente del significado de esos parpadeantes intermitentes. Supuse que tendrían algo que ver con algún accidente. ¿Quizá con aquel coche que dejé unos metros más atrás? No llegué a pensar en lo que me esperaba unos metros más adelante. Porque ahí daba comienzo el peor día en mis 26 años de vida.



Intuía que algo estaba pasando. La nieve seguía cayendo con una fuerza cada vez mayor. Me coloqué detrás del coche que me precedía y, aunque bastante despacito, íbamos avanzando. Fui tan inconsciente de la situación en la que me encontraba que hasta me cambié al carril de la izquierda para avanzar más. Y así fue. Llegué antes al meollo del problema. Cuanto más avanzábamos, más complicado era seguir. En el asfalto, la nieve se había empezado a transformar en hielo. Ya de nada servía conducir despacito, era imposible recorrer medio metro sin que las ruedas del coche patinaran. No se podía volver atrás, aunque fuera lo que muchos deseáramos. Eran las nueve y media de la mañana y esa zona de la autovía estaba completamente intransitable. Desde la primera vez en que noté que yo no era capaz de controlar el coche, desde que por primera vez derrapó, empecé a temblar. Temblaba como nunca antes lo había hecho. Me invadió una inmensa sensación de pánico. Furgonetas y turismos empezaron a salirse de la carretera. Unos se estrellaban contra el quitamiedos. Otros, contra la mediana. Otros se quedaban atrapados en el arcén. Y yo por poco, por cuestión de medio milímetro, no choqué contra el coche que estaba frente al mío.



Cuando pude, volví al carril de la derecha, que tenía menos nieve y menos hielo, pues habían sido arrastrados por las ruedas de las decenas de camiones que estaban tan atrapados como yo. Pero de nada sirvió. Mi coche seguía patinando. Recuerdo que mi madre vio cómo me temblaba la pierna derecha. Trató de tranquilizarme. Me dijo: "No tiembles, que llegaremos a algún sitio. Ve despacio y no pises el freno". No respondí nada. Tan solo pensé: "Yo de aquí no me muevo". Y fue lo que hice. Me desplacé lo máximo que pude a la derecha y paré. "En algún momento amainará y la nieve se deshará, no se va a quedar aquí para siempre", pensé. "Si quieren, que me remolquen o me saquen con grúa o helicóptero. Me niego a seguir". Pasaron los minutos y yo seguía parada en el arcén mientras que a paso muy lento los coches seguían pasando a mi izquierda. Puede que no fuera la reacción más acertada, pero os aseguro que me sirvió para tomar aire y resultó decisiva para que pudiéramos salir de allí.

Entre la larguísima fila de vehículos, a través del espejo retrovisor de mi coche, observé que se acercaba un camión bastante grande. Me armé de valor y tras éste pasar por mi lado, salí del arcén y me coloqué justo detrás de él. De nuevo, agarrada al volante con todas mis fuerzas, arranqué. Igual que antes, circulaba muy pero que muy despacito, tratando por todos los medios de que el coche no patinara o patinara lo menos posible. No lo logré. Hubo algunos patinazos. Y me volví a venir abajo. Me encontraba a la altura de Villena. Y ya me veía con el coche empotrado contra cualquier elemento de la carretera cuando apareció un cartel que anunciaba que a 1.000 metros encontraría una vía de servicio. Vi la luz. ¡Aleluya! Después de recorrer tantísimos kilómetros de mala manera, por una carretera completamente intransitable, mil metros no significaban nada. Poquito a poco, y ya con la esperanza de encontrar un sitio donde poder parar y abandonar esa autovía tan terrorífica, conduje algo más tranquila. Os aseguro que fue el kilómetro más largo de toda mi vida, pero conseguí llegar al área de servicio y aparcar junto a un restaurante. Aunque éramos muchos los que nos encontrábamos atrapados en la autovía, aún había espacio en el aparcamiento para unos cuantos más. Y es que la Guardia Civil nos ordenó continuar, fuera como fuera, hasta Almansa (bajo mi opinión: para quitarse el marrón de la Comunidad Valenciana y pasárselo a La Mancha). Con lo que supongo que la mayor parte de los conductores hicieron caso y siguieron la ruta. Yo no. No estaba dispuesta a seguir jugándomela ¡¡durante 30 kilómetros más!!



Llegué a las diez de la mañana. Pasé dentro del restaurante cerca de siete horas esperando a que el temporal amainara. Pero nada. Cada cinco minutos, o menos, consultaba la previsión del tiempo. Decía que a eso de la una o las dos de la tarde, la nieve sería sustituida por la lluvia, así que decidimos que la mejor opción sería volver a Elche. Si seguíamos nos encontraríamos con el mismo (o peor) panorama que acabábamos de dejar atrás.

Así que, mientras comía, miraba absorta los ventanales del salón, esperando a que se redujera la intensidad de la nevada para poder dar la vuelta en dirección a Alicante, pero nada más lejos de la realidad. El tamaño de los copos cada vez era mayor, la autovía acababa de ser cerrada y la vía de servicio a través de la que accedí al restaurante había sido habilitada como medio de acceso al pueblo.



Después de comer, me quedé sentada en la mesa, sin moverme ni hablar con nadie. Estaba hundida. Tan solo me levanté al cuarto de baño para cargar el móvil durante unos minutos. Era mi madre quien se relacionaba con la gente, quien hablaba y compartía impresiones con el resto de afectados. Yo seguía temblando en la silla. Una tiritona fruto del frío helador, del miedo o de ambos. Mientras, mi madre buscaba gente que fuese hacia Alicante, para poder ir detrás y salir de Villena.

A eso de las cuatro y pico de la tarde, la nieve había cesado y los carriles del sentido contrario de la autovía estaban abiertos. Los vehículos volvían a circular. "Ahora o nunca", me dije. Y, siguiendo el coche de una pareja que iba hacia el aeropuerto del Altet, salí de Villena y tomé la autovía para regresar a Elche. Tardé una hora en recorrer los 50 kilómetros que separan ambas poblaciones, pero llegué a un lugar seguro. Fijaos si estaría distraída y sumida en mis pensamientos, que no se me ocurrió preguntarles sus nombres, ni de dónde eran. Nada. Pero les estaré inmensamente agradecida durante toda mi vida. No solo fueron súper amables y comprensivos conmigo por dejarme ir detrás de ellos, sino que me aconsejaron y animaron muchísimo. Si no llega a ser por ellos, dudo mucho que me hubiera atrevido a salir del área de servicio. Lo más probable es que esto no lo lean jamás, pero es Internet, y nunca se sabe; por eso, si por casualidad lo estáis leyendo, os doy las gracias desde lo más profundo de mi alma. Mil millones de gracias.

Y ahora, la receta. La preparé justo un par de días antes de viajar a Elche, y está espectacular. Una suave crema de chocolate negro y leche de coco súper apetecible y mega sencilla de preparar.



Pudding de coco y chocolate:
Receta de The Kitchn

INGREDIENTES (para 4 raciones)

414g de leche de coco

50g de azúcar

1/2 cucharadita de sal

3 cucharadas de maicena

3 cucharadas de cacao puro en polvo

1/2 cucharadita de café soluble

140g de chocolate negro para postres

1 cucharadita de extracto de vainilla

25g de coco rallado (que tostaremos en el horno)

PREPARACIÓN

En un cazo, vertemos la mitad de la leche, y la mezclamos con el azúcar y la sal. Calentamos a fuego medio, procurando que no hierva muy fuerte.

En un pequeño cuenco, vertemos el resto de la leche de coco con la maicena, el cacao y el café. Mezclamos.

Poco a poco, añadimos la mezcla de maicena al cazo, y batimos enérgicamente. Seguimos batiendo a fuego bajo hasta que la preparación empiece a espesar, a los dos minutos, aproximadamente. Retiramos del calor, y añadimos el chocolate troceado y la vainilla. Y seguimos removiendo hasta que se disuelva todo el chocolate.

Vertemos en cuatro boles o cuencos y enfriamos. Espolvoreamos el coco rallado tostado y servimos.


¡¡Un besazo!!

Fuente: este post proviene de Mi recetario por Elena Pilar, donde puedes consultar el contenido original.
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